Battle Angel: la última guerrera de Robert Rodriguez

La trama se sitúa en el año 2563 en Iron City, una metrópolis ubicada a la sombra de la ciudad flotante de Zalem. Dyson Ido (Christoph Waltz), un médico especializado en la construcción y reparación de cyborgs, encuentra en los terrenos baldíos la cabeza y la columna de una androide que tiene al menos 300 años de antigüedad. El hombre se lleva los restos a su casa y comienza un trabajo para reconstruir la figura. Le coloca el cuerpo que había hecho especialmente para su hija discapacitada (la cual murió en un robo) y nuevamente la pone en funcionamiento y la nombra Alita (Rosa Salazar), que también resulta ser el nombre de su hija fallecida.

La ¿joven? en cuestión sufre de amnesia e irá averiguando sobre su pasado a medida que avanza la trama -aunque esto está explicado de una forma fugaz y torpe-. Mientras tanto Alita tratará de llevar a cabo una vida de adolescente normal: tener un grupo de amigos, jugar al Motorball, pelearse con su ¿padre? y, por supuesto, enamorarse. La adolescente se enamora al instante de Hugo (Keean Johnson), un joven mecánico de la zona.

Lo que Alita sí descubre casi inmediatamente -y en lo que se pone mucho más foco que en su pasado por saber quién es–, es su gran habilidad para el combate. Esto la llevará a convertirse en una cazarrecompensas. También la llevará a otras situaciones de riesgo como enfrentarse a la ex esposa de Ido, Chiren (Jennifer Connelly), Vector (Mahershala Ali), el mandamás del deporte del momento, y Zapan (Ed Skrein), otro cazarrecompensas.

La forma en la que se aborda el trasfondo de Alita resulta superficial y algo tirado de los pelos. Robert Rodríguez no le da mucha importancia al pasado de la protagonista, por lo que en ocasiones el accionar de ésta resulta inverosímil y exagerado. La misma protagonista parece no mostrar interés por su pasado, salvo en ocasiones fundamentales, es decir, cuando es necesario para la trama -como el hecho de requerir un nuevo cuerpo robótico para ser más fuerte todavía-.

Otro de los problemas en Battle Angel: la última guerrera, es que focaliza la motivación de Alita en su amor por Hugo. La joven se muestra dispuesta a realizar cualquier cosa con tal de permanecer a su lado. Este romance resulta forzado y estereotipado, y se termina asemejando más a una relación sacada de una novela destinada a un público juvenil. ¿Relación de adolescentes en un futuro postapocalíptico? ¿Jóvenes enamorados dispuestos a hacer cualquier cosa por el otro? ¿Jurarse amor eterno con alguien que poco conoces? Estas cuestiones se reproducen constantemente en este tipo de historias, y Battle Angel… no es la excepción.

Las escenas de acción, por su parte, son una de las cuestiones más llamativas de esta película. Logran aportarle dinamismo a una trama que intenta mucho pero logra poco. Las secuencias de combate están manejadas de manera eficaz y logran acompañar (y realzar) el potencial de la protagonista. Visualmente la película resulta imponente, impactante y bella. El CGI sobre Rosa Salazar combina el aspecto animado de Alita (sus ojos se asemejan a la perfección a los personajes de anime) con un lado humano.

Puntuación: 2 de 5.

Battle Angel: la última guerrera intenta dar más de lo que realmente puede. Robert Rodríguez busca realizar varios giros argumentales, pero estos resultan predecibles y forzados. El accionar de Alita se justifica por su amor por Hugo, algo cliché y poco entendible. Al fin y al cabo Battle Angel… es una película sólo para pasar un rato (sobre todo si se está acompañado de un adolescente), por lo demás resulta una decepción.

Green Book: una amistad sin fronteras de Peter Farrelly

En la primera película que dirige a solas, sin su hermano, Peter Farrelly apuesta a otro tipo de comedia muy diferente al que los ayudó a forjarse la carrera. Esta vez se toma en serio, deja de lado esa especie de comedia “boba” y decide retratar un hecho basado en casos reales. La historia de un italoamericano racista que, gracias a un nuevo trabajo, forja una importante amistad con un músico negro al que respetan tanto como se puede respetar a una persona negra en una Norteamérica que separa baños, alojamientos y bares según el color de tu piel.

Green Book: una amistad sin fronteras está escrita por Farrelly junto a Brian Hayes Currie y Nick Vallelonga, éste último ni más ni menos que el hijo de Frank Vallelonga, también conocido como Tony Lip. No es un dato menor, ya que éste es uno de los dos protagonistas (interpretado por Viggo Mortensen) y se nota que la historia está contada desde ese lado, desde el del hombre blanco que supo superar prejuicios y se hizo amigo de un hombre negro.

Estamos en la década del ’60. Tony Lip mantiene a su familia a base de diferentes trabajos y changas. Armado por una buena fama entre cierto círculo -fama de saber solucionar problemas-, llega a él una propuesta tan tentadora económicamente como curiosa: hacer de chofer en medio de una gira por el sur de Norteamérica para un importante músico. El problema es que es un músico negro y Tony Lip no se caracteriza por ser una persona que quiera estar cerca de esa clase de gente, a tal punto de arrojar un vaso a la basura sólo por haberlo utilizado un negro que trabajaba en su casa. Al mismo tiempo, movido por el dinero, puede cambiar de opinión rápidamente.

Green Book: una amistad sin fronteras es una película que apuesta a la fórmula que siempre funciona: dos personajes opuestos, distintos por muchas más cosas además del color de su piel, que pronto aprenderán a llevarse bien y a llenar un vacío en el otro. Esto con un tono ameno y de humor en su mayor parte pero también sabiendo cuándo apelar a la emoción. Y si le sumamos que, además de protagonizarla dos actores reconocidos, está basada en hechos reales, tenemos nominación al Oscar asegurada.

Aunque Viggo Mortensen se desenvuelve muy bien en su papel de italoamericano, su personaje está pintado con trazos gruesos. En su círculo apenas saben leer o escribir, hablan todos a los gritos y disfrutan de comer como pocas cosas. Su contrapuesto Don Shirley (Mahershala Ali) es un hombre culto y educado, que siente que no pertenece a ningún grupo, muy solitario y de pocas palabras, todas las que no se puede callar Tony. En el medio, entre hotel y hotel y evento y evento, el racismo y los prejuicios van aflorando y ellos los enfrentan como pueden pero juntos.

Todo tan predecible como se puede esperar, complaciente y con algunos buenos momentos de humor, Green Book: una amistad sin fronteras apela a los estereotipos sin profundizar ni en personajes ni en la temática que utiliza como hilo conductor: el racismo. Éste está pintado sólo a través de situaciones casuales.

En medio de una película que apuesta a una mayoría de planos cerrados y una banda sonora acorde a la época que retrata, lo mejor se encuentra en las interpretaciones, aun ante la actuación por momentos exagerada de Viggo Mortensen. Tanto él como en especial Ali logran imprimirle un poco de la dimensión que el guion no les brindó.

Puntuación: 2 de 5.

Green Book: una amistad sin fronteras resulta un retrato complaciente y simplista, ameno, es cierto, y con un mensaje subrayado: la importancia de superar prejuicios. A su alrededor hay un par de buenas interpretaciones, alguna escena interesante y no mucho más destacable. Poco inspirado y movido sólo por fórmulas que funcionan de manera inevitable.