Una historia de la prohibición de Martín Rieznik y Juan Manuel Suppa Altman

A partir del caso de Eric Sepúlveda que en 2016 fue arrestado en Córdoba por tenencia de aceite de cannabis, causa por la que pasó bastante tiempo preso y aún sigue procesado, los directores Suppa Altman y Rieznik, basándose en el libro del primero La prohibición: un siglo de guerra a las drogas, desarrollan una historia sobre las posiciones prohibicionistas que los estados, en general, llevan adelante sobre las drogas (cultivo, uso, tenencia, etc).

Una historia de la prohibición, que no escapa del todo de cierto formato televisivo, está dividido en 5 capítulos. Cada uno de ellos con una voz narradora (la de Martín Armada, jefe de redacción de la revista THC) que ocupa la primera parte de los mismos y se dedica a desarrollar la línea cronológica con material de archivo (cine, televisión, fotos, diarios, etc), dando cuenta de lo que se oculta en cada época (la búsqueda de enemigos, el cinismo político, etc.) y analizando los subtextos. La otra parte es el presente del tema en diferentes países (la legalización en Uruguay por ejemplo) y la postura de la fuerza policial y de la justicia provinciales para desarrollar lo que ocurrió con Eric (Fuerza Policial Antinarcóticos).

El documental no oculta su militancia y su posición en contra de las posturas punitivas y prohibicionistas sobre la problemática de las drogas, y lo argumenta con claros ejemplos y hechos históricos para demostrar que hay una alianza entre la medicina, la política, la policía y los medios para mantener, sin razón fundamentada, esta postura que sostiene la prohibición y lleva adelante la criminalización de los sectores populares en procura de satisfacer a los sectores medios y altos y su hipocresía.

Puntuación: 3 de 5.

Una historia de la prohibición es un documental que, a pesar de su formato televisivo, consigue abrir la discusión sobre el tema de las drogas con argumentos históricos sólidos y ejemplos presentes claros.   

Los hijos de Isadora de Damian Manivel

Después de perder a sus dos hijos pequeños, que mueren ahogados cuando el auto en el que viajaban cayó al Sena, la bailarina Isadora Duncan, transida de dolor, tiempo después, desarrolló Le Mére, una obra coreográfica, para canalizar, de alguna manera, a través del arte, ese sufrimiento y homenajear y recordar a sus pequeños.

En Los hijos de Isadora el director Damian Manivel, también bailarín, sigue a cuatro mujeres que, a partir de la danza, se cruzan frente a nuestros ojos aunque no se conozcan entre ellas.  

Una joven bailarina ensaya el solo en un estudio de baile, mientras lee la autobiografía de Duncan, estudia los pasos, se apropia de un sentir para trasladarlo a los movimientos y experimentarlos en el cuerpo. Una maestra y una alumna, una niña con síndrome de down, hacen lo propio mediante ejercicios y clases que tratan de explicar la importancia del gesto como contador de una historia. Finalmente, una mujer mayor, excedida de peso y que se ayuda con un bastón para andar, asiste a una representación de la obra y al volver a su casa podremos ver lo que provoca (en ella) el arte.

Casi sin diálogos, la historia se cuenta por las voces que leen el texto de la Duncan pero, también y principalmente, por los cuerpos y sus movimientos y, a través de la puesta en escena, vemos cómo se espeja en cada protagonista ese eje que conforman las maternidades: solitarias, en lejanía, trágicas. Ya sea ejercida o por ser, desde cada uno de los vértices de ese vínculo.

Si puede señalarse como algo fría la mirada quirúrgica de los dos primeros segmentos, no es menos acertada observarla como un acercamiento en donde la cámara se invisibiliza y va transmitiendo, sin subrayados ni explicitaciones, sensaciones sutiles y profundas. Lo que expone, en contraste, la construcción del tercer segmento que busca la empatía con una puesta que evidencia su artificialidad y su finalidad. No es que sea trazo grueso pero sí un poco facilista.  

Puntuación: 3.5 de 5.

Los hijos de Isadora es una ficción con tintes de documental que acerca el mundo de la danza al público en general con sutileza y una puesta en escena donde el movimiento es vital.

Puntuación: 3.5/5

La Superball de Agustín Sinibaldi

Hasta 1930 la pelota de fútbol era de tiento lo que la hacía bastante pesada y peligrosa. Los jugadores usaban boinas para no resultar heridos al recibir un pelotazo. En Bell Ville (Córdoba), tres amigos inventan la válvula y la costura invisible que sirven para mejorar el balón, lo vuelven más esférico y más liviano. El 25 de mayo de 1931 se estrena en un partido entre los dos equipos de la ciudad.

El puntapié había sido dado y la posibilidad de iniciar una industria que convirtiera al lugar en un sitio pujante y exitoso y que eso redituara a sus habitantes. Pensando, además, que no sólo el fútbol utilizaría esa mejora sino, también, los otros deportes que se practican con pelota: básquet, volley. Pero no fue más que un sueño. Y con esa historia y ese sueño se construye La Superball.

Partiendo del Club Atlético Argentino, y a partir de imágenes y entrevistas propias a los que fueron coetáneos de ese “nacimiento” y a los descendientes de esos hombres y mujeres, la emoción de esos tiempos impregna el documental con un montaje que incorpora con inteligencia el material de archivo. Los amantes del fútbol disfrutarán, además, de la palabra de otro bellvillense famoso: “el Matador” Mario Alberto Kempes, campeón mundial con la selección argentina del 78.

Pero no todo queda en la emotividad, lo social aparece en lo que significan simbólicamente esos clubes de barrio, en los testimonios de los dueños de las fábricas de pelotas casi artesanales que pelean contra el abaratamiento de la industrialización casi esclavista del sudeste asiático, en el laburo de las “cosedoras” (mujeres que “cosen el fulbo” para sostener económicamente sus familias).

El documental sabe conjugar un pasado de sueños con un presente maltrecho, con emoción pero sin romantizar lo que fue ni cargar las tintas en los padecimientos pero tampoco esquivándolos.  

Puntuación: 3.5 de 5.

La superball es un documental para todos, no sólo para los fanáticos del fútbol. Para conocer nuestras historias y nuestros sueños inconclusos.

Caballo de mar de Ignacio Busquier

Un barco llega a una ciudad portuaria y sus marineros tienen siete horas para bajar y volver a abordar. Rolo (Pablo Cedrón en su última actuación cinematográfica) aprovecha para tomar algo en un bar y se cruza con un hombre joven con el que entabla una conversación. Este le pide si puede hacerle un favor: si no vuelve en 20 minutos, llamar a un teléfono y avisar que no va a regresar. Al advertir que se le ha llevado el encendedor, el marinero sale a buscarlo y un golpe lo deja inconsciente. A partir de esa instancia se ve envuelto en una situación que mezcla robos, desapariciones, ambiciones varias.

El protagonista luce desorientado. Un marinero fuera de su ámbito acuático que en tierra firme, un pueblo bastante árido como sus habitantes, no sabe cómo moverse, además de verse inmerso en un hecho que no entiende. Entre la desorientación y la cortedad, Rolo trata de acomodarse con lo que le toca mientras un policía lo obliga a buscar al hombre del bar desaparecido con el botín del robo porque lo cree cómplice.

Busquier arma una historia en la que la información se va entregando a cuentagotas (aunque hay mucha que directamente no se da) y la intriga se apodera del drama para ir desarrollándose, aunque cierto distanciamiento y artificio dificulta la empatía.

Como espectadores sabemos tanto como el protagonista, que es nuestros ojos (y a veces sabemos menos que él, que por lo menos conoce su historia anterior a este presente), mientras avanza a tientas. La composición de Cedrón es central para mantener la atención, pero el guion va construyendo un misterio que, a la larga, cuando va llegando el final, se nota forzado, pequeño y hasta un poco previsible. Como si la forma hubiera sido elegida para ocultar lo mínimo del cuentito y no como el modo que exigiese el contenido.

Es esta una historia de pueblo chico que termina siendo un infierno grande y que ya hemos visto en infinidad de ocasiones. No es ese igualmente el problema de Caballo de mar, sino lo referido y la sumatoria de situaciones que o le escapan a la propia lógica o no alcanzan para convencernos con los parámetros establecidos.

Puntuación: 3 de 5.

Caballo de mar es un drama de suspenso, con toques de policial, que cumple correctamente pero cierta frialdad y distanciamiento lo dejan a mitad de camino.

No estoy loca de Nicolás López

Carolina (Paz Bascuñan) se entera al mismo tiempo, el día después de su cumpleaños 38, que tiene problemas de infertilidad y que su marido la engaña con su mejor amiga y que están esperando un hijo. Toda la alegría del comienzo se evapora en un segundo.

A partir de un intento de suicidio es internada en una clínica psiquiátrica para que se “recupere”. De eso va No estoy loca: una comedia dramática que en lo que se refiere a la comedia, recurre al humor facilista y no siempre logrado, y en el drama es superficial.

Nicolás López, como director y coguionista, retrata un personaje femenino (se basa en la historia de su madre) y las problemáticas que la aquejan (infidelidad, ruptura de pareja, mandatos maternos, problemas de aceptación) desde una mirada estereotipada (el gusto por el Cosmopolitan y los regalos lujosos, ser madre, etc.). Y no sólo en los personajes (los pacientes son el epítome), sino en las ideas que desarrolla, en los diálogos que elabora y en las resoluciones complacientes y demagógicas.

Hay una asociación causal e inmediata que el film establece entre el intento de suicidio y la locura que, como poco, es cuestionable. Y, con seguridad, peligroso. Lo necesita para avanzar en la trama y para desandar unos aforismos, -al mejor estilo sobrecito de azúcar o filosofía new age a lo Osho o Bucay o Chopra-, que utiliza para “resolver” con amabilidad cuestiones muy delicadas.   

¿Qué decir del verosímil que modela donde una periodista (Carolina dice que ella es eso, pero apenas la vimos en una redacción hablando con sus amigas y compañeras y en una reunión para definir una tapa. No conocerla antes es un problema para comprender el personaje en acciones, sólo podemos hacerlo por las palabras que intercambian) se sorprende ante el comentario de su psicólogo (es un hombre el que va a ayudar a la mujer a aceptarse tal como es) sobre el “condicionamiento social”? O es bastante pobre en estudios o es muy básico lo que manejan los guionistas como conceptos reveladores y epifánicos.

El encierro por locura, las distintas enfermedades o trastornos mentales, el suicidio, son tomados con una liviandad tal que asombra y no se puede dejar pasar por alto. Y menos cuando hasta se aporta como ayuda la idea de “echarse la culpa a sí mismo” como plantea el personaje de una profesional de la salud.

Pero no se puede esperar otra cosa de un equipo artístico que también nos regaló “esa mirada superadora y empoderada de la mujer” como fue Sin filtro.    

Puntuación: 1 de 5.

Comedia dramática que sólo busca la taquilla engañando con una temática que pretende ser profunda, con una mirada sobre una mujer de este tiempo, y promete una posibilidad de cambio facilista y al alcance de la mano.

Un lugar lejano de José Ramón Novoa

Julián (Erich Wildpred) es un joven fotógrafo venezolano de renombre al que le diagnostican una enfermedad terminal. Para afrontarla resuelve aferrarse a cierto egoísmo y falsa superioridad que hace que, entre otras cosas, se separe de su novia al regreso de un viaje de trabajo. Hay un sueño que lo persigue y en el que aparece un tren y una vieja estación. Averiguar de qué lugar se trata es una misión que le encarga a su amigo y socio (Tristán Ulloa), para descubrir si tiene un significado que ha olvidado.

Ese lugar es Manchuria, un sitio perdido en la inmensidad de la Patagonia argentina. Y llegar allí le deparará más de una sorpresa y problemas varios, entre ellos conocer a una joven solitaria (Marcela Kloosterboer) que lo rescata de una segura muerte por congelamiento. ¿O sólo es parte de otro sueño?

José Ramón Novoa (Sicario, El don) filma este drama (que dio origen a la novela homónima de Fernando Butazzoni, que también oficia de coguionista junto al director) con una total morosidad que hace que todas las situaciones se extiendan por demás y terminen desinteresando y, lo que es peor, aburriendo. Los hechos se suman para iniciar ese viaje (que como todo viaje es doble: exterior e interior) que cuando llega tampoco se vuelve consistente. Los estereotipos en la construcción de los personajes, los vínculos rápidos y previsibles, no logran animarlos de vida ni consiguen que nos importe demasiado lo que hacen.

El paisaje es bellamente filmado y demuestra nuevamente la atracción que nuestro sur provoca en los directores de cine, pero no deja de ser pura fotografía.

Un detalle: esta película se filmó en 2007 y se estrenó en 2009, pero recién llega al país.

Puntuación: 2 de 5.

Un lugar lejano es un drama que ya hemos visto demasiadas veces y que no aporta nada nuevo ni distintivo.

Ficción privada de Andrés Di Tella

¿Cómo se filma la memoria familiar? ¿Cómo se registra la historia de una vida, de un amor, de una pareja? Andrés Di Tella lo viene experimentando con su filmografía y parece llegar aquí al cierre de la trilogía que componen La televisión y yo y Fotografías.

Nunca es posible ofrecer una mirada cerrada sobre nada. Aunque lo intentemos. O creamos haberlo logrado. A la larga sabremos que siempre nos falta alguna pieza. Y Ficción privada es la muestra de ello: un ensayo autobiográfico. “Privada” como calidad de lo íntimo y familiar pero también como la falta de. Y no es azaroso que un documental elija llamarse “ficción”. Y no hay contradicción alguna. Todo es construcción. Y para ello, nada mejor que echar mano a las artes para que, desde el artificio, nos acerquemos a la verdad o a sus atisbos.

Las fotografías se pasean por la ciudad y hablan. Las imágenes cinematográficas vuelven y se actualizan o se duplican (la espera del tren desde el andén con el padre que nos ha engendrado y con el mentor elegido). Las cartas se leen entre padre e hija reales, pero también interpretadas por actores seleccionados (Denise Groesman y Julián Larquier Tellarini) o por el referido mentor (Edgardo Cozarinsky) en una evidente propuesta genealógica. Las palabras escritas se vuelven música y canción.

Di Tella, a partir de la muerte de su padre, Torcuato, entiende que un mundo se está perdiendo, se esfuma y que, como parte de ese mundo, la particular historia de amor de sus progenitores (su madre Kamala ha fallecido en 1994), incluso una parte de la de su propia familia, ya no tiene quién la recuerde (así como no puede descifrar en las diapositivas, que muestran a sus padres en diferentes viajes, ciertas referencias ya extraviadas definitivamente ) y, por lo tanto, sin partícipes directos poco falta para que el olvido se las trague.

Los mexicanos sostienen que sólo se muere aquel a quien se olvida. Y contra esa idea parece elaborar el director su película, como una especie de conjuro. Y ese movimiento íntimo y privado, que podría sospecharse de egoísta y ególatra, se expande por obra y gracia del cine y nos interpela, como simples mortales, a nosotros los espectadores y, a la vez, en un doble juego, construye (por la injerencia de su familia en la Historia nacional) una radiografía temporal de la Argentina.

Un pachtwork que de posmoderno sólo tiene la forma. Ya que a partir de la sumatoria de recursos intervinientes es que se arma el caleidoscopio final que, principalmente (y de aquí la necesidad de descartar lo posmo), no se niega al sentimiento como aglutinante, ni le escapa a la emoción genuina sin golpes bajos ni efectismos.

Retazos, jirones, un rompecabezas que sabemos con piezas perdidas y aún así no podemos no armar, es de lo que se compone esta Ficción privada que convoca fantasmas que no asustan porque son parte de nuestra propia vida y están ahí para acompañarnos en lo que resta.

Puntuación: 4 de 5.

Ficción privada es un forma de recuperar la vida que se fue, como una carta de amor de esas que ya no se escriben más. Y deberíamos.

Azul el mar de Sabrina Moreno

Lola (una eficaz Umbra Colombo) es profesional, esposa y madre de cuatro hijos. Con su familia viajan de vacaciones a Mar del Plata y esos días serán la prueba de que el matrimonio no está pasando por sus mejores momentos. Y que esto es algo que viene desde hace tiempo y que Lola quiere resolver poniendo punto final a la pareja y Ricardo, su esposo, sostiene que tiene arreglo.

Azul el mar es un drama contenido que desde el primer minuto muestra signos de que algo definitivo va a suceder. El problema es que durante la trama esos “signos” agoreros se multiplican demasiado (en un film de apenas 62 minutos) y se tornan un poco repetitivos: cielos de nubes que avanzan, las olas del mar rompiendo bien cerca de la orilla, la espuma que todo lo inunda, pies quietos que se empiezan a ver aprisionados entre el pasto y el agua enlodada, los ralentis sobre la protagonista y sus gestos siempre tensos y atemorizados de cara al fuera de campo, el trabajo con el sonido.

Sabrina Moreno elige contar esta historia dándole prioridad a las formas, echando mano a los procedimientos cinematográficos que, a veces, se acercan a lo experimental y nos sugieren esa incomodidad y esa angustia que atraviesa Lola: imágenes en grises y sin sonido, el montaje de las situaciones en escenas que cambian vestuarios o posiciones de los personajes buscando explicitar las rupturas en continuidad, lo que permite denotar que es una especie de presente continuo el que ellos están viviendo.

Más allá de contar un cuentito conocido buscando desde las formas volverlo original, algunas de las decisiones enumeradas y un elenco que, en general, luce un poco artificioso, no ayudan demasiado al resultado final.

Puntuación: 3 de 5.

Un drama familiar contenido, a partir de una mujer postergada, que busca diferenciarse a partir de las formas por sobre el contenido y no termina de explotar.

El Presidente de Armando Bó

El Presidente es una serie de 8 capítulos producida por Fábula (de los hermanos Larraín), Gaumont y Kapow, rodada en Chile, Paraguay, Argentina y Estados Unidos y dirigida por Armando Bó. Una superproducción que, en estos tiempos globalizados, requiere de un elenco proveniente de toda Latinoamérica.

A partir del relato de Julio Grondona (Luis Margani), ya muerto, que lleva la voz cantante que va hilando aquello que vemos -y aporta las reflexiones más picantes sobre el fútbol, el negocio y los negociados, los sobornos, el fraude, el lavado de dinero-, seguimos el ascenso de Sergio Jadue (Andrés Parra), el dirigente de un equipo pequeño del fútbol chileno que, al estar en el lugar y en el momento indicados, llega a ser el presidente del ANFP y así representar a su país en la FIFA y la Conmebol.

El primer capítulo consigue atrapar la atención con saltos en el tiempo, una producción notable, tensión en el guion, personajes identificables (y algo que asombra: nombres y apellidos reales) que accionan desde la ficción (¿o no tanto?) por hacerse del poder y del dinero abandonando todo escrúpulo en el camino.

Típica historia de ascenso y caída que siempre gusta y, en este caso, suma el aporte de su base real que incentiva el morbo del espectador y lo retiene. Aunque, en el transcurso del los cuatro primeros episodios (a los que tuvo acceso este cronista), cierta tensión se vaya diluyendo poco a poco, especialmente a medida que aumenta el espacio en la trama el desarrollo del vínculo del protagonista con Rosario (Karla Souza), la integrante del FBI infiltrada, que no resulta tan creíble, como sus problemas familiares y con sus colegas.

Es entendible que en estos tiempos de mujeres empoderadas y siendo esta historia “una de hombres en un mundo de hombres”, se haya apostado a volver centrales a dos personajes femeninos. Otra cosa es su construcción: el toque sensible y familiar en la investigadora del FBI y la ambición desmedida en Nené (Paulina Gaitán), la mujer de Jadue, que no logran hacerlas salir de ciertos estereotipos.

En cuanto a actuaciones, lo de Parra y lo de Margani se destaca. Aunque construyan sus personajes desde la imitación consiguen insuflarle vida y una empatía que superan sus procederes. El resto es ver a argentinos y mexicanas hablando en chileno, chilenos con tono de colombianos, argentinos en brasileño y así en un crisol de cruces latinoamericanos que las ideas actuales de producción quieren imponer.

Los amantes del mundo del fútbol estarán de parabienes recordando Mundiales, Copas América, partidos, figuras. El resto puede perderse un poco en la multiplicación de los nombres, pero para ellos también está la trama policial (aunque bastante estereotipada y previsible) y familiar y la ventana a un mundo de lujos y riquezas que, al menos, puede envidiarse.

Las reflexiones sin ironía, con crudeza, sin remilgos, de parte del personaje de Grondona, son de una violencia simbólica y un sincericidio inusitados, casi nunca escuchados con ese registro y en boca de semejante referente, aunque, a la vez, tenemos la seguridad de que son ciertos. Pero, a medida que avanza la serie, se van espaciando (y se los extraña) y el patetismo de los dueños de la pelota, hombre grandes y creídos, se apodera de ellos y de las escenas que los involucran (fiestas, disfraces, juegos, etc.) y los lleva a un lugar que los ayuda, de alguna manera, a licuar su responsabilidad a merced de la risa involuntaria.  

El Presidente va a dar que hablar. Tiene varios puntos a favor para ello. Y eso no es poco.

La corazonada de Alejandro Montiel

Después del fracaso comercial y del fallido artístico que significó Perdida (2018), regresa el personaje de Manuela “Pipa” Pelari (Luisana Lopilato) en esta precuela basada en la novela La virgen en tus ojos de Florencia Etcheves, quien también oficia como coguionista junto a Mili Roque Pitt y el mismo director Alejandro Montiel.

El asesinato de una joven (Delfina Chaves), arrogante hija de un empresario importante, del que se declara autora la amiga (Maite Lanata) con quien convivía, da inicio a una investigación donde la novata Pipa se gana la atención de Francisco Juanez (Joaquín Furriel), un inspector de homicidios serio, muy respetado, pero también “observado” por sus métodos inusuales para resolver los casos, y es sumada al equipo de éste.

A la par, un accidente de tránsito en el que un joven en bicicleta es arrollado por un auto, abre otra investigación, en secreto, dentro de la fuerza y a pedido del fiscal Roger (Rafael Ferro), sobre Juanez, porque un hecho fatídico del pasado los une: el muchacho había matado a la mujer del policía en un robo.

Hay un problema fundamental en este tipo de películas nacionales que recurren al género policial como fuente, cumpliendo con todos los clisés, y tiene que ver con la elección de protagonistas policías y la necesidad de forjarlos creíbles en su modo de trabajar, en sus capacidades intelectuales, en sus modos y que esto se vuelva verosímil para un espectador argentino. Digo verosímil, no real. La traslación sin ajustes a lo idiosincrático ni matices trae aparejada la artificialidad.

Y la artificialidad es lo que caracteriza a La corazonada. Imágenes bellas y vacías. Personajes estereotipados y actuados con exceso de gestos y palabreríos en parlamentos sobreescritos en la mayoría de los casos. Historias que no atraen ni atrapan.

Las dos líneas argumentales creadas se sobreimprimen procurando generar tensión pero al espectador poco les pueden interesar porque, directamente, la película las construye y las suelta sin darle profundidad alguna, aunque sí se nota la relevancia dada a la que involucra al policía.

Las situaciones se suceden por obra y gracia del guion, los hechos se resuelven a partir de los parlamentos que nos explican mediante las palabras (ejemplos sobran: la toma de declaración del fiscal a la acusada del crimen, la clase magistral forense en la morgue, el encuentro entre Pipa y la madre del joven atropellado, etc.) lo que no se pudo “resolver” cinematográficamente.

Hay que destacar la fotografía de la película, pero por lo que consigue en sí y no en comparación con todo lo mal que están los otros rubros.

Puntuación: 2 de 5.

Aburrida, mal contada, puro artificio sin alma ni personalidad, La corazonada es un producto más, que más bien es menos.

Top Five de febrero 2020 y análisis de la taquilla argentina

El segundo mes del año arrojó una venta de 3.471.464 entradas (todas las cifras de esta nota corresponden a Ultracine). Lo que significó una merma con respecto a enero de casi 1.000.000 de tickets, pero una suba de 47,83% con respecto a igual mes de 2019 (que alcanzó 2.430.000). El total se compone de forma más repartida entre varios títulos. La mayoría de ellos vienen del mes pasado y apenas tres títulos se cuelan entre los diez más taquilleros.

Hubo 22 estrenos, de los cuales: 11 de EE.UU. (50%), 4 de Argentina (18,18%), 2 de Chile y 2 de Francia (9,09% c/u), 1 de España, 1 de India y 1 de México (4,55% c/u). Del total hay 3 documentales y el resto ficciones.

Este mes los cinco títulos más vendedores fueron: La odisea de los giles (Warner) 783.005, Sonic – La película (UIP) 573.095, Aves de presa y la fantabulosa emancipación de una Harley Quinn (Warner) 288.028, Parasite (Impacto) 263.334 y Espías a escondidas (20th Century Studios-Disney) 260.687. Si consideramos sólo los estrenos de febrero, además del segundo y el tercer puesto ya referidos, debemos sumar para completar un quinteto a: Bad Boys -Para siempre (Sony) 159.867, La maldición renace (Sony) 63.107 y El escándalo (BF) 30.008.

El Top Ten general quedó así: Frozen 2 (Disney) 2.072.135, La odisea de los giles (Warner) 1.936.781, Jumanji: el siguiente nivel (Sony) 777.755, Sonic – La película (UIP) 573.095, Parasite (Impacto) 328.274, Aves de presa y la fantabulosa emancipación de una Harley Quinn (Warner) 288.028, Espías a escondidas (20th Century Studios-Disney) 285.259, 1917 (UIP) 261.919, Mujercitas (Sony) 193.021, Bad Boys – Para siempre (Sony) 159.867.

Considerando los títulos argentinos (con la complicación que significa el cierre por refacciones edilicias del Gaumont), este mes se ve la merma en los pocos estrenos y en las cifras paupérrimas de la inmensa mayoría de los mismos, por lo que el Top Five queda así: La odisea de los giles (Warner) 783.005, Rumbo al mar (BF) 3.786, La muerte no existe y el amor tampoco (Cinetren) 3.535, Andrés Carrasco, ciencia disruptiva (Ind.) 1.354 y La casa de Argüello (Ind.) 683. Con apenas un estreno de febrero colándose entre los más elegidos. Recordamos que se estrenaron sólo 4 films argentinos.

El Top Ten nacional se conforma de la siguiente manera: La odisea de los giles (Warner) 1.936.781, La muerte no existe y el amor tampoco (Cinetren) 11.269, Rumbo al mar (BF) 4.807, El navegante solitario (Dokema) 3.362, 4 lonkos (Ind.). 1.736, La protagonista (Santa Cine) 1.548, Andrés Carrasco, ciencia disruptiva (Ind.) 1.354, La casa de Argüello (Ind.) 1.015, Puerto Almanza (Ind.) 636 y Respira (Primer Plano) 629, que entra con apenas 3 días de proyección. Las cifras son más que elocuentes.

El Top Five según el staff:

5) El hombre invisible de Leigh Whannell (7,13)

4) Araña de Andrés Wood (7,25)

3) Ya no estoy aquí de Fernando Frías de la Parra (7,33)

2) Fin de siglo de Lucio Castro (8)

1) De repente, el paraíso de Elia Suleiman (8,33)

Familia de Edgardo Castro

En el comienzo lo vemos a Castro (protagonista, guionista, director) cortándose el pelo, manejando en la ruta para visitar el santuario del Gauchito Gil, comiendo en el camino, durmiendo en un hotel al paso hasta arribar a la casa de sus padres en el sur. Pareciera alargar el tiempo de llegada a destino. A partir de allí (casi) todo transcurrirá entre esas cuatro paredes en las vísperas de una navidad y un cumpleaños familiar.

Toda familia (especialmente en los últimos tiempos para el arte) es disfuncional. Y ésta no es la excepción. Más que la incomunicación entre sus miembros, lo que sobresale directamente en este documental es la no comunicación, mientras el sonido ambiente si no es ensordecedor, al menos, es invasivo (celulares, música de juegos, programas de televisión, etc.), los intercambios verbales no son escuchados o no comunican o se muestran innecesarios para esa función y, ya resignados, los emisores actúan producirlos para “hacer” que hablan.

Nada de lo que se muestra reviste carácter relevante, la cotidianidad familiar asfixia y va consiguiendo un extrañamiento que embota y agobia, pero la puesta en escena no recarga las tintas con burlas o juzgamientos (los personajes son personas y hay cariño por encima de todo) por lo que el momento de la narración de la telenovela está un poco fuera de tono (busca sólo la risa fácil y cómplice).

Es un logro del director que la cámara se invisibilice y extraiga de la rutina y la nada extractos de vida, aunque, también es cierto, para ello no pueda evitar estirar algunas escenas, abusando del tiempo o acumulando situaciones que repiten los efectos ya conseguidos. Como en La noche, Castro vuelve a mostrar que los finales (siempre un ítem difícil) son lo suyo. Desoladores y angustiantes.

Puntuación: 3 de 5.

Borrando los límites entre la ficción y el documental, Castro entrega, en los mejores momentos del film, un descarnado pero tierno retrato de familia, aunque no logre evitar en otros teñirlo del tedio que registra.