Drift de Helena Wittmann

Drift es una película que tiene un par de personajes, unos pocos diálogos (y la mayoría, a simple vista, intrascendentes) y mucha imagen audiovisual que apunta a lo sensorial, al viaje, a sentirse inmerso en medio de un paisaje frío y desolado o a la deriva sobre un mar que se percibe infinito.

El argumento mínimo de esta película gira en torno a dos mujeres que se separan, que deciden cada una hacer un viaje personal. Sin embargo, como apuntaba antes, a Wittmann no le interesa demasiado lo narrativo, no importa qué se cuenta, qué tiene para contar, sino que se preocupa por transmitir aquello que el paisaje brinda, ya sea desolación, ausencia, libertad. En ese sentido se siente más experimental.

Hay una fijación por el mar, a quien se le dedica largos minutos de contemplación, un mar que hechiza. Ese cuadro, el del mar y nada más que el mar, se termina de resignificar en la escena final, donde aparece ya de otro modo, como una especie de recordatorio: el mar como transición, el viaje que nos modifica. Porque, como dijo el explorador y eterno enamorado del mar Jacques Yves Cousteau, “el mar, una vez que te lanza el hechizo te mantiene en su red para siempre”.

Más allá de que Wittmann consigue hacernos sentir inmersos en este viaje, aún a través de algunas escenas en el medio de la cotidianeidad de cada una en los lugares que recorre, la experiencia, aunque no es del todo sensorial, sí se siente un poco abrumadora a lo largo de la hora y media que dura la película.

Drift es un film en el que prevalecen las largas escenas de contemplación, a veces de noche donde sólo podemos ver aquello que ilumina una linterna, una contemplación que no necesita más que un instante para hacernos sentir dentro. Es además una película que, sin dudas, se apreciaría de otro modo en una sala de cine y que, también, se ve de una manera especial en esta época donde permanecemos encerrados y es fácil soñar con perderse en lugares como los que Wittmann filma. Entonces, no nos deja indiferentes. Dejarse ir, dejarse llevar, estar a la deriva, a merced de algo más.

Con un título que aparece recién a los veinte minutos y un segundo acto que se siente alargado y repetitivo después de un tiempo, el último tercio cierra la película con una bella escena que, también disfrazada de la más corriente cotidianeidad, termina de retratar la distancia de un modo actual: a la larga, detrás de la pantalla, siempre hay alguien con quien podemos conversar o compartir una taza de té o una linda canción.

Puntuación: 3 de 5.

Drift es una película que logra hacerte parte de un viaje sensorial. Contemplativa y poética y poco preocupada por lo argumental, es una experiencia que puede resultar muy estimulante, especialmente en esta época que estamos viviendo, o un poco tediosa sobre todo en su segunda mitad.

Las poetas visitan a Juana Bignozzi de Laura Citarella y Mercedes Halfon

Las poetas visitan a Juana Bignozzi empieza con la figura de Mercedes Halfon esperando en la puerta de un edificio y la voz en off relatando una pequeña historia sobre una joven poeta que va a entrevistar a Juana Bignozzi. Diez años más tarde la famosa poeta fallece y, en su testamento, deja sus pertenencias a amigos, ya que no había tenido hijos. A Mercedes le deja ni más ni menos que su obra literaria.

Las cámaras siguen, entonces, a esta joven escritora entre las cosas, los libros, los discos, las carteras, los elefantes que aparecen de todas las formas imaginables, en la casa donde vivió Juana Bignozzi sus últimos años. Detrás de ella hay un equipo de mujeres haciendo esta película, que aparece, además, dando indicaciones sobre cómo ponerse ante la cámara, cómo actuar.

De a poco, Las poetas visitan a Juana Bignozzi se revela no sólo como un documental sobre esta figura poética sino sobre gente que se acerca a ella, sobre esos jóvenes a los que ella siempre se refiere, y sobre cómo hacer una película sobre poesía, cómo filmar la poesía.

En el medio se intercalan entrevistas, imágenes de archivo, algunas líneas de sus poemas, las mencionadas inquietudes sobre la realización de esta película (a veces mientras una escena es filmada se pueden apreciar las discusiones detrás de cámara que, de repente, pasan a un primer plano y esto puede distraer un poco) y, sobre todo, vemos a una joven escritora asumir una responsabilidad enorme: hacerse cargo de la obra de esta poeta que escribió sobre política y, además, trabajó como traductora, reflexionando sobre el papel de albacea, porque no es lo mismo leerla desde ese lugar que desde el de lectora.

Recién pasada la mitad de la película se contextualiza y se dan datos biográficos y más duros sobre Juana Bignozzi, su vida llena de viajes, sus largos años fuera de la Argentina, sus muchas amistades y la pregunta que surge a partir de fotografías en reuniones de su país, ¿por qué en ninguna de esas visitas quiso quedarse? ¿Al final quién era Juana Bignozzi?

Ya más cerca del final, la pantalla se llena de gente leyendo sus poemas en voz alta. “Ahora puedo escribir eternamente” es una de las últimas líneas de su escritura que aparece en pantalla y nos demuestra que, quizás, nunca terminaremos de conocer a la persona pero nos queda su poesía.

Puntuación: 4 de 5.

Las poetas visitan a Juana Bignozzi es una película que cruza ficción y documental y que, desde la forma, explora varias aristas, tanto de la poeta como de la poesía y a la vez del cine, y abre más preguntas que respuestas. Pero a la larga el fin parece ser uno: que la gente lea a Juana Bignozzi, en voz alta o para sí, pero que se propague esa fuerte voz femenina que todavía tiene mucho para decir.

Giro de ases de Sebastián Tabany y Fernando Díaz

Martín (Juan Grandinetti), desde pequeño, elige la magia, más específicamente las cartas. Después de una linda secuencia inicial de créditos animada, ya de adulto lo vemos desempeñarse como croupier en el Casino de Buenos Aires, pero en sus tiempos libres practica la cartomagia como en una especie de doble vida. A los pocos minutos de empezar la película, su novia lo abandona y su mundo parece empezar a tambalearse y se lo ve más distraído.

A su alrededor, un colorido conjunto de personajes se van desplegando. Una encantadora maga de salón (Thelma Fardin), un tipo que aprovecha sus dedos mágicos para robar billeteras (Lautaro Delgado Tymruk), un mago de escenario más preocupado por la fama que por la magia (Esteban Pérez) y, la novia de este último, Sofía (Carolina Kopelioff). Es ella quien despertará en Martín algo desconocido, poderoso e incierto. Una joven que estudia artes y a quien su novio maltrata bastante desde lo psicológico. Y entonces Martín la ve y la conexión entre ellos parece mágica.

Con Giro de ases nos encontramos ante una película sobre la magia con un acercamiento fantástico pero  muy ligado a lo cotidiano. Acá hay algo, una energía quizás, que no se ve pero que le permite sólo a unos pocos personajes desplegar un tipo de magia para la cual no se necesitan trucos, para la cual no hay que distraer miradas hacia otro lado.

Así, la película se mueve entre lo romántico y lo mágico, ambas cuestiones están conectadas. La trama plantea un mundo colorido, con diferentes personajes a los cuales se encarga de desarrollar, pero no termina de aprovechar todo aquello que expone. Hacia el final nos podemos quedar con ganas de más, pero también terminar decepcionados por ese mismo motivo. En el medio, trucos de magia, momentos más entretenidos que otros (en alguno la trama se estanca) y algún cameo curioso.

“Un mago, por más hábil que sea, necesita renovar sus trucos si quiere mantener su reputación”, escribió Steven Millhauser en el cuento que sentaría las bases de la película El ilusionista, a la cual Giro de ases remite de manera irremediable. Acá, Tabany, alguien muy cercano al mundo que retrata, agota sus trucos antes de lo necesario. A la película se la siente recargada de estímulos e indecisa en su tono.

“Algunas veces las cosas no suceden cuando queremos que sucedan. Algunas veces es cuestión de confiar en el destino”. Giro de ases apuesta a confiar en el azar, no por nada se sucede bastante en el terreno del juego, aunque las escenas relacionadas a este tema se mueven más entre anécdotas y algún malentendido antes que introducirse en temáticas más complejas, como por ejemplo el de la adicción. Pero también a confiar en uno mismo y a dejarse guiar por los maestros que la vida nos presenta (ahí entran en juego Romina Gaetani con un intrigante personaje y el mago Henry Evans).

Puntuación: 2.5 de 5.

Giro de ases presenta una estética colorida y brillante que no puede evitar sentirse artificial. Y, aunque parte de una premisa y de personajes atractivos, elige quedarse en el planteo y apostar por un final abrupto que promete más de lo que entrega. Antes que una comedia romántica (no es muy graciosa y lo romántico tampoco ocupa el rol principal), es una historia sobre descubrirse y descubrir de lo que somos capaces.

Lo que tenemos de Paulo Pécora

Lo que tenemos está dirigida por Paulo Pécora y escrita junto a sus tres protagonistas: Mónica Lairana, Maricel Santin, Alberto Rojas Apel. A través de esta historia simple, los tres personajes casi exclusivos de la película se ven enfrentados a algo nuevo y desconocido.

La película empieza con un viaje planeado. Tres amigos, dos mujeres y un hombre, viajan a un pueblo de la costa atlántica fuera de temporada. Las playas casi vacías, el viento que llena todo de arena, lecturas bajo un cielo nublado, conversaciones íntimas. De a poco se ponen en evidencia los lugares que cada uno de ellos ocupan: ellas dos forman una pareja pero hay una razón para que, hoy, ahí, también esté él, el amigo que vivió en Berlín y ahora se besa con una de ellas. Una sonrisa que se borra y alguien que comienza a sentirse afuera, que sobra, aun cuando todo es parte de un “plan”, una palabra que ellos mencionan y que nos hace saber que no son unas simples vacaciones.

La famosa expresión “Tres es multitud” parece surgir cuando ninguno de estos personajes sabe bien qué o cómo hacer con esto que les pasa, algo nuevo cuyas reglas desconocen, quizás porque ni siquiera existen o porque son ellos mismos quienes tienen que escribirlas. En el libro que leen en voz alta en la playa, Fragmentos de un discurso amoroso, Barthes habla de contingencias como “pequeños acontecimientos, incidentes, reveses, fruslerías, mezquindades, futilidades, pliegues de la existencia amorosa”. Sin embargo no es esta una película sobre tríos ni poliamor.

El triángulo poco definido va pasando por diferentes estados. Cada una de las partes trata de encontrar un lugar donde sentirse cómodos y sin lastimar al de al lado. Los desayunos, las caminatas por la playa, los cigarrillos compartidos, las camas que se intercambian, las discusiones sobre estar o no más presente, sobre lugares que se ocupan, sobre los roles.

“El mar encanta, el mar mata, conmueve, asusta, también hace reír, a veces desaparece, de vez en cuando se disfraza de lago, o bien construye tempestades, devora naves, regala riquezas, no da respuestas, es sabio, es dulce, es potente, es imprevisible. Pero, sobre todo, el mar llama.” No es casual que gran parte de la historia suceda a orillas de un mar como el que describe Alessandro Baricco, un mar que se convierte en el mayor testigo de una unión que se aleja de patrones preestablecidos.

Porque cuando los tres caminos parecen bifurcarse, se sientan a hablar y piensan en la posibilidad de algo nuevo y distinto, algo que los involucre a los tres. “Suena ideal pero no sé si vamos a poder”, como si alguien, de antemano, pudiera saber si una relación, de cualquier tipo que sea, funcionará o no. Lo que tenemos no es una película que se queda con la idea de las relaciones, de las parejas, sino que va más allá y habla del concepto de la familia.

Puntuación: 3 de 5.

Lo que tenemos se aleja de los roles esquemáticos para presentar una historia pequeña entre tres personajes que tienen algo para ofrecer y dar al otro. El problema es que el guion parece demasiado espontáneo y, en ese sentido, se pierden temas que se presentan y quedan relegados. Con una puesta en escena minimalista, los protagonistas le brindan mucha naturalidad a una historia que fluye del mismo modo y que se permite explorar qué puede pasar si uno se sale de su zona de confort, y todo parece indicar que es más posible de lo que nos dijeron.

Ínsula de María Onis

Ínsula comienza como un documental, con imágenes de una comunidad wichi en su propio entorno. Pero pronto vemos el detrás de escena y nos damos cuenta de que, en realidad, estamos ante una película sobre la realización de otra película. Con ese rasgo interesante, Ínsula pone en foco discusiones, a veces éticas, a veces estéticas, entre la pareja que la está realizando. Él es un estudiante de cine, ella es antropóloga, y sus puntos de vista suelen contraponerse.

María Soldi interpreta a esta mujer que quiere hacer un documental para visibilizar a esta comunidad. Su idea es introducirse en su entorno, mostrar su conocimiento acerca del monte, el modo en que viven con la naturaleza. Y quiere hacerlo de manera respetuosa, pero lo cierto es que ni ella ni su pareja parecen encontrar una manera adecuada de llevarlo adelante.

“Los tratás como si fuesen de otro planeta”. Entre el acercamiento de ella que a él le parece frívolo y el poco tacto, según la mujer, que él tiene para editar el material, que incluye imágenes de caza porque es así como se alimentan, es que van dejando de entenderse y es ella quien va a decidir tomar las riendas de la película.

En Ínsula se entremezclan largas escenas de observación de puro registro documental, con otras de la vida de estos dos jóvenes que salen y asisten a recitales de poesía donde se lee a Marosa di Giorgio o se cita a Alejandra Pizarnik.

Lo que durante los primeros minutos parece prometedor, pronto se va convirtiendo en una seguidilla de discusiones, a veces banales, a veces ridículas, y algunas más interesantes porque generan preguntas reales. Pero, de a poco, se pierde esa idea de la comunidad wichi, de mostrarlos y se cae, quizás de manera irónica, en la relación entre esa pareja que ya no puede entenderse en algo más que sólo la realización de este documental.

Ínsula se permite ser ácida, se permite el humor incómodo, y entonces comienza a perderse la idea inicial sobre el proceso de crear y pensar un documental etnográfico, lo interesante de plasmar diferentes puntos de vista, los modos de acercarse a una comunidad…

Puntuación: 2 de 5.

Ínsula plantea una manera distinta de repensar el cine documental que muestra causas sociales, pero luego parece poner en foco que, a la larga, cada uno vive en su mundo y que todo esto parece absurdo. El problema es que lo hace a través de escenas de la cotidianeidad de esta pareja que van perdiendo el interés y con los que resulta cada vez más difícil conectarse.

Corsario de Raúl Perrone

La última película del director Raúl Perrone es un poema audiovisual sobre Pier Paolo Passolini. La palabra poema la utiliza el mismo Perrone y ya modela una manera de verla.

Corsario empieza con una escena de casting. Un director lookeado como Pasolini, junto a alguien que podría ser su asistente, les hace recitar a diferentes jóvenes “Veo a los muchachos del verano” de Dylan Thomas. Aspirantes que se caracterizan por una apariencia andrógina.

El resto de la película es una especie de recorrido de este Pasolini, que va caminando las calles de Ituzaingó con su cámara, filmando a muchachos a los que les dedica unas líneas pasionales, dichas en italiano. Recita algunas frases que le pide prestadas a Paul Verlaine: que le gustan los muchachos obreros, jóvenes, dice que su deseo está cansado pero jamás vencido, se confiesa que tuvo incontable cantidad de amantes aunque nunca fueron demasiados.

Al estar rodada con una cámara estenopeica, las imágenes tienen una apariencia rústica que nos trasladan a una época pasada. Perrone experimenta y parece jugar, como en aquella escena en que los planos se superponen en un mismo encuadre y le brinda una apariencia fantasmal a su protagonista.

En el medio se cuelan, esta vez a color, algunas imágenes eróticas de flores. El color no volverá hasta una secuencia con recreaciones de obras pictóricas de Caravaggio. El erotismo a flor de piel.

La repetición de algunos textos, las imágenes que después de un rato casi no deparan sorpresa, hacen de Corsario una película no argumental que apuesta por la experiencia. Una experiencia que trasciende lo audiovisual ya que, gracias al uso del dispositivo, se pueden sentir hasta las texturas, dejando de lado la definición y nitidez que las películas actuales siempre ofrecen.

Puntuación: 3 de 5.

Corsario es una carta de amor a Pasolini. Austera, repetitiva, a veces erótica y otras caprichosa. El resultado de un realizador que sigue experimentando en y con su cine.

Matar al dragón de Jimena Monteoliva

Matar al dragón comienza con una secuencia animada que cuenta la leyenda alrededor de una mujer, una bruja conocida como la Hilandera. Y menciona a niñas que desaparecían del paraíso.

La película inicia, realmente, con el personaje de Justina Bustos, Elena, cuando reaparece en la vida su hermano, un médico interpretado por Guillermo Pfening. Ella se escapa de un lugar oscuro y sucio donde se apoderan de niñas. La propia Elena fue raptada cuando era pequeña y ahora, ante su reaparición, su hermano Facundo no puede evitar preguntarse qué pasó y por qué volvió ahora, intuye que hay algo que ella no está diciendo. “Las chicas que se van no vuelven”, le explica.

En el medio, entre esos dos lugares claramente diferenciados como el cielo y el infierno, está el bosque. “Siempre corres peligro en el bosque, donde no hay gente”, escribió Angela Carter, una escritora que supo explorar de manera oscura los cuentos de hadas en Compañía de lobos. En Matar al dragón hay seres como princesas, piratas y brujas, aunque alejados de las representaciones infantiles. Y además están estos dos mundos opuestos: un lugar es muy iluminado, de tonos claros, limpio, prolijo, ordenado; el otro es oscuro, sucio, vacío.

Elena intenta reincorporarse a una vida que le resulta ajena. Su cuerpo, con manchas y heridas, desentona con la prolijidad de esa casa a cargo de su cuñada, interpretada por Cecilia Cartasegna (que había protagonizado Clementina). Pero, además de su repentina reaparición, trae la posibilidad de un virus que podría amenazar a esa familia perfecta que su hermano armó. La aparición de Tarugo, un atemorizante personaje interpretado por Luis Machín, termina de unir ambos mundos.

Esta historia, que se presenta desde el póster como basada en una pesadilla de su guionista, Diego A. Fleischer, acierta a la hora de crear atmósferas inquietantes y consigue darle dimensión a una historia atractiva y fuerte, aunque algunos personajes necesitarían un mayor desarrollo.

Así como Jimena Monteoliva utilizaba el género fantástico para hablar de violencia de género conyugal en su ópera prima Clementina, acá lo utiliza para hablar sobre el tráfico de niñas. Pero lo hace alejándose de un tono realista, optando por algo más artificial. Hay un esfuerzo notable en la dirección de arte y la capacidad de crear estos mundos que propone.

Puntuación: 3.5 de 5.

Monteoliva dirige una película de género que se caracteriza por una lograda producción y, al mismo tiempo, consigue ser llamativa desde su trama y los subtextos que incorpora. Una apuesta ambiciosa y lograda que pone en foco un tema social a través de una historia de fantasía, aunque no termina de explotar la potencialidad de sus personajes, en especial el de la Hilandera.

Sentadas en el umbral de Daniel Alvaredo y Mónica Roza

En el prólogo de Sentadas en el umbral, dirigida a cuatro manos por Daniel Alvaredo y Mónica Roza, el personaje que interpreta Fabián Arenillas es testigo de una situación fuerte y comprometedora, pero lo es desde este lado de una puerta cerrada.

El film luego nos introduce a las verdaderas protagonistas: Teresa y Valeria, dos amigas y socias que llevan adelante una firma de abogadas. No les va mal, pero siempre les podría ir mejor. Con la relación entre ellas parece pasar un poco lo mismo: se llevan muy bien, son muy confidentes, pero esa noche que una la espera a la otra con una rica picada, acompañada de un buen vino regalo de un cliente satisfecho, es plantada por su amiga para estar con un hombre, un antiguo amante al que ella no aprueba.

Allí entra Fabio Aste, como un abogado ambicioso al que le llega la posibilidad de arreglar algunas cosas con el personaje de Arenillas, dándole una mano con su millonario divorcio. Al principio es quien mueve los hilos: persuade a la abogada para tomar un caso que podría dejarle mucho dinero de una manera fácil. Al mismo tiempo, su socia es seducida a través de mentiras por otro hombre que forma parte de esta trampa que, hasta el final, no se entiende bien cuál es la finalidad exacta.

Sentadas en el umbral comienza con mujeres en un mundo dominado por hombres, siendo manipuladas por ellos que las usan, sin escrúpulos, sólo para conseguir sus cometidos. Pero ellas no tardan en darse cuenta de que este caso es muy bueno y que, de repente, sale todo muy bien. Para qué y por qué fueron ellas elegidas son preguntas que surgen, y luego cómo hacer para que no se salgan con la suya. Así, a lo largo de poco más de una hora, se desarrolla una trama de secretos que se van esclareciendo hacia el final, con una resolución apresurada y demasiado simple para lo que proponía su argumento. De todos modos, más allá de lo enrevesado y oscuro de la historia, el film opta por un tono liviano de comedia que le juega a favor.

El guion de Javier Martínez Foffani presenta situaciones interesantes, aunque no a todos los personajes consigue brindarles la misma dimensión. En cuanto a lo estético, como sucede también con lo narrativo, presenta un pulido estilo televisivo, con fotografía a cargo de Jorge Piwowarski Roza.

Puntuación: 3 de 5.

Sentadas en el umbral cuenta una historia que consigue mantenerse intrigante hasta el final y, sobre todo, presenta a dos mujeres a las que ningún caso les queda grande y que no dejarán que las usen a su antojo. Una historia de venganza entretenida y ligera.

Los trabajos y los días de Juan Villegas

El CETC es el Centro de Experimentación del Teatro Colón, creado por Sergio Renán bajo su administración y cuyo primer director fue Gerardo Gandini. En el subsuelo del mítico teatro se trabaja para promover la música contemporánea. En este documental, realizado por Juan Villegas, lo que hace su director es mostrar el detrás de escena, ya sea desde la gente que mueve equipos hasta los encargados de la parte administrativa que deben asegurarse de los instrumentos o conseguir reposeras o almohadones para el público. Gente que le pone el cuerpo, el tiempo y las ganas para lograr una puesta musical que conmueva y cautive a sus oyentes. Y el documental lo hace desde un costado observacional, espiando, a veces desde algún rincón, cómo se mueve esta gente. Todo esto mientras se llevan a cabo los preparativos para el concierto In nomine lucis.

A través de algunos testimonios en voz en off, puestos de una manera que a veces es difícil identificar quién está hablando (están Beatriz Sarlo y Federico Monjeau), pero sólo durante unos pocos momentos y, sobre todo, mucha imagen del día a día, es que se construye Los trabajos y los días. Al menos hasta casi la mitad de la película, ya que después se enfoca en la puesta en sí, y nos hace sentir inmersos, ya sea a través de la imagen del público que, sentado sobre almohadones, disfruta de la música, o a través de la imagen de los mismos músicos y su director de orquesta. Esta última parte del film demuestra lo que el esfuerzo colectivo logra, al mismo tiempo que les permite incluso a sus propios laburantes relajar y disfrutar del espectáculo.

“En este teatro hay que controlar la ansiedad”, se dice en algún momento. El proyecto resultó la propuesta ganadora del concurso 25 años de creación en la categoría Historia del CETC y, sin dudas, su realizador logra el homenaje. Villegas consigue retratar tanto el trabajo físico como lo más burocrático, con todos sus contratiempos y hasta detalles, a simple vista, insignificantes como el tono exacto de las gelatinas que iluminarán parte del escenario, simplemente observando la cotidianeidad de este espacio de trabajo, que consigue ser íntimo sin necesidad de inmiscuirse demasiado. Y también se permite, junto a todos los demás, dejarse llevar por la música.

El documental, además, abre y cierra con fragmentos de Esas cuatro notas de Rafael Filippelli, donde se lo puede a ver a Gandini.

Puntuación: 3 de 5.

Los trabajos y los días es un documental bastante breve que muestra la cotidianeidad de este singular lugar de trabajo, a la vez que expone la necesidad de que existan estos espacios culturales. Villegas pone el foco en el trabajo y consigue homenajear, al mismo tiempo que demostrar lo que los esfuerzos colectivos pueden lograr.

Al acecho de Francisco D’Eufemia

Dos semanas después de caer preso, Pablo Silva es enviado al Parque Pereyra Iraola para trabajar como guardaparques y así empezar a rehacer su vida. Se encuentra con un lugar que parece olvidado y demasiado tranquilo, incluso la gente que trabaja ahí se presenta de una manera fría y distante, aunque luego consiga acercarse un poco más a Camila, una mujer de carácter fuerte pero a quien toma como confidente.

La curiosidad, o algo más, lo lleva a moverse por fuera de los límites y, de a poco, se abre ante él una realidad oculta, tapada. Un zorro atrapado en una jaula, un animal que decide llevarse para cuidar, al mismo tiempo que se va introduciendo en algo que sin dudas parece peligroso. Un zorro no es un animal que se pueda domesticar y, sin embargo, ante él siente una conexión especial, no puede dejarlo. Es un animal astuto que sabe adaptarse. Y, a la larga, es él el que lo dirige hasta el final.

Al acecho abre entonces el tema de la caza furtiva. Silva entiende que si está sucediendo frente a sus ojos es porque algún cómplice hay, alguien está permitiendo que el negocio se mueva.

La película está contada a través de los ojos de su protagonista, un personaje parco que habla sólo lo justo y necesario. Esto hace que lo vayamos conociendo a él, y a ese pasado que parece fuerte y oscuro, en pequeñas partes. Se percibe siempre algo ambiguo, en tonos de grises y con algunas contradicciones. “Quiero limpiar mi nombre. Quiero hacer las cosas bien” dice Silva, pero actúa a veces de manera tan sospechosa como todo lo que se mueve a su alrededor. En este sentido, De la Serna consigue construir a su personaje a través de sus acciones, sembrándonos a veces más preguntas que respuestas.

Y después está el contexto: un terreno que supo pertenecer a los más ricos del país y ahora crece en forma de ruinas, olvidado. Y con bordes definidos cuyos límites no deben cruzarse, apenas acercarse a ellos es exponerse a trampas que podrían ser letales.

A la larga, Al acecho es una pequeña historia sobre un cazador cazado, sobre lo salvaje del ser humano y sobre cómo nos mueve el instinto. D’Eufemia acierta, sobre todo, a la hora de crear climas tan intrigantes como tensos, con justas dosis de suspenso y acción, con algo de western incluso. Para intensificar esa atmósfera también se apela a la banda sonora de Ariel Polenta que funciona tanto en momentos de mayor quietud como en los que se desata la acción.

Puntuación: 3.5 de 5.

Al acecho es un thriller efectivo que funciona, principalmente, gracias a la construcción de su personaje principal. Un film que consigue buenos climas y que aprovecha muy bien sus locaciones naturales. Una historia pequeña que gana en intensidad a medida que avanza.

El encanto de Juan Pablo Sasiaín y Ezequiel Tronconi

Bruno (Ezequiel Tronconi) y Juliana (Mónica Antonópulos) son dos treintañeros, lindos y de buen pasar, que viven juntos y llevan en pareja unos cuantos años. Ella tiene un exitoso programa gastronómico en televisión mientras que él es dueño de una vinoteca. Y entonces aparece una idea que, en principio, no se menciona de manera directa pero ambos saben que está ahí: la de tener un hijo. Quizás su vida, así, tan perfecta, se rompería en caso de dar ese paso. Como la película está narrada desde el punto de vista masculino, gira en torno a las dudas de Bruno, a su miedo de perder lo que tenía. A la larga, es la historia de un tipo en crisis a los treinta.

Primero, Bruno piensa y manifiesta sus inquietudes en cuanto a cómo será la vida con un hijo, poniendo como ejemplo la imposibilidad de viajar porque, claro, las inquietudes económicas no son su problema. Sin embargo, internamente, se nota que son más las cosas que se replantea, aunque la película lo muestre de manera clara y reiterativa ante las imágenes de chicas jóvenes y lindas que lo rodean.

En el auto yendo a su trabajo, a una chica linda en bicicleta se le cae la mochila y él se la alcanza; entrenando en un parque con un amigo, entablan conversación con otro par de chicas lindas; va a la casa de su padre y le está dando clases de piano a otra chica linda; incluso sentado en un café mira a su alrededor y sólo ve chicas lindas y jóvenes. Para colmo la chica que trabaja con él también lo es, y es quien pasa más tiempo cerca suyo.

Con esa profundidad y diversidad es con la que está narrada esta crisis del protagonista que, a la larga, no parece saber lo que quiere. Las voces de sus amigos o de su padre, a veces demasiado francas y directas, tampoco apelan a convencerlo, al menos en primera instancia porque si hay un consejo que necesita es el de su padre, pero al mismo tiempo sabe que de no dar ese siguiente paso su pareja se rompería.

Él no se cuestiona nunca el deseo de su mujer, sabe que ella quiere ser madre y que cree que este es el momento. Y ahí está entonces Juliana que, al principio, no nota su malestar hasta que las cosas se pondrán peor y quizás vaya siendo hora de replantearse todo. Un personaje que recién en su escena final termina de desarrollarse y, al menos, le agrega un poco más de dimensión a la chata historia.

También hay un problema en cómo está llevado adelante este drama romántico. Aunque se le dé lugar a la piel, a la sensualidad, resulta frío y distante, demasiado prolijo, elegante y calculado.

Puntuación: 2 de 5.

El encanto es un film que gira alrededor de un tema siempre universal y latente: el de seguir o cuestionarnos los mandatos que todavía nos inculca gran parte de la sociedad. El problema es que lo hace de una manera superficial y a través de personajes con los que es muy difícil conectarse.

Cortázar y Antín: Cartas iluminadas de Cinthia Rajschmir

“Había descubierto que Cortázar era el escritor que yo hubiera querido ser y el cine era una manera maravillosa de plagiar a un escritor sin cometer delito”, empieza explicando Manuel Antín y luego cuenta que, una vez, Cortázar le dijo que él hubiera querido hacer películas. Ésa relación entre cine y literatura, pero también entre dos amigos cuya amistad floreció a través de cartas, es la que retrata este documental de Cinthia Rajschmir.

Los cuentos de uno de los escritores más importantes de nuestro país funcionaron como inspiración para tres películas de un realizador que terminaría asumiendo, durante el mandato de Alfonsín, como director del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, eliminando de manera definitiva la censura contra la que tuvo que batallar con sus películas.

Cortázar & Antín: Cartas iluminadas está marcada por el intercambio epistolar entre las dos figuras, con el cineasta en su país y el escritor en París. Piglia escribió que “la correspondencia es un género perverso: necesita de la distancia y de la ausencia para prosperar”. A través de esa distancia, y de esas cartas que a veces llegaban con retraso, es que ambos cultivan su amistad al mismo tiempo que empiezan a experimentar con un cine fuera de su época.

En el medio se cuelan testimonios del propio Antín o de la gente con la que ha trabajado, como las actrices Graciela Borges y Dora Baret, el DF Ricardo Aronovich, o su mujer y escenógrafa Ponchi Morpurgo. Juntos van rearmando la historia de esta colaboración que se transformó en amistad, tanto a base de acuerdos como de desacuerdos. Porque toda adaptación cinematográfica de una obra literaria implica una mutación, y así como en las primeras veces Cortázar se ha manifestado muy conforme (hasta el punto de decirle a Antín que gracias a su película entendió el cuento que había escrito), luego habla de traición con lo que hace en Intimidad de los parques, que está basada en dos cuentos del escritor. A eso se le suma que la película haya sido rodada en Perú y que al regreso se hubiese perdido gran parte del metraje filmado. “En cada escena recuerdo todo lo que le falta”, dice dolido Antín.

Así, escuchar a Cortázar (en una fono carta, por lo tanto en su propia voz) sobre el proceso de escribir diálogos para cine, o leer sus palabras de admiración hacia las actrices elegidas, ver a Graciela Borges recreando uno de los momentos de Circe, la experiencia de Dora Baret en su primer protagónico, o la anécdota sobre manuscritos originales intercambiados, son algunos de los valiosos retazos de los que está compuesto este documental. También aparecen recreaciones animadas con dibujos de Julio Azamor y fotografías de Sara Facio.

Puntuación: 4 de 5.

Un documental amoroso y bien construido que explora la relación entre el cine y la literatura a través de dos figuras importantísimas y, sobre todo, de la amistad que los unió. “Olvidate de todo, viejo, y hacé la película”, se lee en una de las cartas de Cortázar, y es uno de los mejores consejos que uno puede recibir.